Reflexión profunda sobre el toreo, la ética animal, la ecología de la dehesa y por qué la prohibición ignora la complejidad de la fiesta brava.
No me da pena confesarlo. Aunque tampoco me causa orgullo. Pero en mis mocedades fui antitaurino. En verdad estaba convencido que había que terminar con la tauromaquia.
Por eso puedo llegar a entender a un poco algunos antitaurinos. No a todos, aclaro, pues hay quienes han hecho del odio y insulto una forma de pensamiento y creen que llamar asesino a cualquier profesional de la fiesta brava, les convierte en una mejor persona.
Pero la mayoría habla desde un buen corazón. Ven a un animal sangrar y concluyen que aquello debe desaparecer. Es una reacción perfectamente humana. Sería absurdo negar que una corrida de toros es un espectáculo cruento, más no cruel. Querer convencer a la gente de lo contrario sería querer tapar el sol con un capote. Hay sangre, hay muerte. Querer ocultarlo sería algo muy poco inteligente.
Pero una cosa es aceptar que la corrida es cruenta y otra muy distinta aceptar que sea tortura. El filósofo francés Francis Wolff, en su libro “Filosofía de las corridas de toros”, explica que para hablar de tortura tendría que existir una víctima indefensa, incapacitada para responder, sometida por completo a la voluntad de quien la lastima. Eso ocurre en muchos sótanos de cárceles alrededor del mundo. No en una plaza de toros.
El toro sale entero. Nadie le amarra las patas, ni le unta vaselina en los ojos. Sale con quinientos kilos, y tiene dos pitones duros y afilados que terminan en puntas que pueden matar, y velocidad furia, potencia y un instinto que lleva siglos perfeccionándose, para pelear. Del otro lado hay un hombre con solo una capa y una espada, que por mucha técnica que se tenga, puede terminar en la enfermería o en la tumba.
Naturalmente, el antitaurino esto no llega a entenderlo, responde que ese sufrimiento no debería existir y punto. Y ese argumento podría parecer que merece respeto. Pero resulta difícil de respetar puesto que la mayoría de las veces es dicho desde la incoherencia y la hipocresía. Diversos estudios estiman que apenas alrededor del 3% de la humanidad es vegetariana. Si además consideramos que una parte importante de ese porcentaje se concentra en la India donde no existe cultura taurina, y su vegetarianismo es por motivos principalmente religiosos, el número de personas que rechaza el consumo de carne por razones estrictamente éticas resulta todavía menor. El resto desayuna jamón, come hamburguesas y cena pollo, siempre y cuando la muerte haya ocurrido lo suficientemente lejos y llegue a su casa en una charola con papel vitafilm, como para no estropearles el apetito.
Vivimos en la época del "ojos que no ven, corazón que no siente".
Lo curioso es que incluso quien decide no comer carne tampoco consigue vivir sin provocar la muerte de animales. La agricultura, indispensable para alimentar a la humanidad, implica proteger los cultivos de aves, roedores, topos, zorros y muchas otras especies, es decir exterminar a estas especies para que no arruinen el cultivo. No lo menciono para justificar una corrida. Lo menciono porque la relación entre el hombre y los animales nunca ha sido tan limpia como nos gusta imaginar.
También suelen decir que una tradición no merece conservarse solamente por ser antigua. Y tienen razón. La esclavitud fue tradición, la Inquisición también. Así que ese argumento, por sí solo, no alcanza.
Lo que sí vale la pena preguntarse es si toda tradición merece exactamente el mismo juicio.
La relación entre el hombre y el toro acompaña a nuestra especie desde hace milenios. Basta mirar las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira, para descubrir que el toro ya ocupaba un lugar privilegiado en el imaginario humano, cuando todavía no existían las universidades, ni congresos ni las redes sociales. Las corridas, nacen de esa larguísima historia compartida entre el hombre y uno de los animales más admirados, temidos y representados de nuestra cultura.
Luego viene el arte. Y ahí sí ya no hay mucho que discutir. Porque el arte siempre es controversial.
Hay quien escucha a Mozart y bosteza, otros entran a un museo de arte contemporáneo y piensan que el vigilante olvidó recoger la basura, incluso entre los mismos taurinos hay quien presencia una faena y no entiende por qué media plaza está llorando.
Todas esas personas tienen derecho a no emocionarse. No todos tenemos las mismas sensibilidades. Lo que no tienen es el derecho de decretar que aquello que ellos no sienten, deja automáticamente de tener valor.
La tauromaquia ha inspirado a Goya, Picasso, García Lorca, Hemingway, Alberti, Joaquín Sabina, Botero y a decenas de escritores, pintores, músicos y cineastas. Quizá todos estaban equivocados, aunque resulta una hermosa coincidencia que todos ellos hayan confundido una “carnicería” así entrecomillado, con una expresión artística.
Además, la tauromaquia no vive únicamente de romanticismo. De ella viven miles de personas, toreros, ganaderos, mayorales, veterinarios, transportistas, sastres, músicos, monosabios, empresarios, fotógrafos, cubeteros, carpinteros, restauranteros, choferes, hoteleros y más. Toda una economía gira alrededor de un animal que muy probablemente dejaría de criarse si desapareciera la lidia.
El toro bravo no apareció espontáneamente en el campo, esperando convertirse en símbolo de la fiesta. Fue seleccionado durante siglos precisamente para ella. Gracias a esa crianza existen miles de hectáreas de dehesas y campos ganaderos donde conviven innumerables especies animales y vegetales.
Paradójicamente, los que se oponen a la fiesta, se creen el mayor protector del toro bravo, más puede terminar siendo su peor verdugo, Si la tauromaquia desaparece, el toro no volverá a la libertad, simplemente dejará de criarse. Y este simplemente se extinguirá.
No pretendo convertir antitaurinos en taurinos. No creo lograrlo. Solo dejar claro que las prohibiciones suelen ser muy cómodas para quien no quiere pensar. Los regímenes totalitarios lo han demostrado. Los argumentos, en cambio, exigen un esfuerzo mucho mayor. Y yo, sigo creyendo que vale la pena hacer ese esfuerzo.
Luciano Sandoval
15 septiembre 2026
