Reflexión de Luciano Sandoval sobre la máxima dificultad de ser figura del toreo frente a la presidencia, la exigencia del toro y la permanencia. 

Figuras del toreo  

Existe un viejo dicho que ya se ha convertido en un lugar común en el mundo taurino, que asegura que es más fácil llegar a la Presidencia de la República que ser figura del toreo. Pero como todos los lugares comunes, tiene el defecto de repetirse demasiado y la virtud de ser cierto.

Desde Guadalupe Victoria hasta Claudia Sheinbaum, México ha tenido sesenta y seis presidentes. Unos mejores, otros peores, y algunos otros que han causado verdaderos estragos a la nación. Figuras del toreo, en cambio, ni siquiera haciendo trampa alcanzamos la veintena.

Ahí están Ponciano Díaz, Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa “Armillita”, Silverio Pérez, Carlos Arruza, los Silveti, Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Jorge Gutiérrez, Eulalio López “Zotoluco”, Joselito Adame. Si buscamos agregar más nombres, seguramente descubriríamos que antes de llegar a treinta ya la cosa se pone sumamente difícil.

España, que inventó este hermoso disparate llamado tauromaquia, tampoco presume una abundancia mucho mayor. Cúchares, Paquiro, Guerrita, Joselito El Gallo, Belmonte, Manolete, Antonio Ordóñez, Paco Camino, José Miguel Arroyo, Enrique Ponce, El Juli, Morante de la Puebla, José Tomás y la lista empieza a agotarse mucho antes de lo que uno imaginaría para un país con siglos de tradición taurina.

Lo curioso es que en la España moderna apenas han existido siete jefes de Estado. Es decir, tampoco es que produzcan gobernantes en serie. Franco estuvo al frente 39 años.

Francia presume a Sebastián Castella y Nimeño II. Colombia encontró a César Rincón. Perú tiene a Andrés Roca Rey. Y así podríamos recorrer el mapa taurino entero descubriendo que las figuras aparecen con la misma frecuencia que los eclipses.

¿Por qué?

Porque llegar a figura del toreo es probablemente una de las labores más complicadas que ha inventado la humanidad.

Para empezar, primero hay que ponerse delante de un animal de quinientos kilos que no tiene el menor interés en conocer sus virtudes artísticas.

Después viene lo verdaderamente difícil, mantenerse.

Un delantero puede pasar cinco partidos sin anotar y el entrenador dirá que anda desencanchado y es cuestión de tiempo. Un cantante puede ofrecer un concierto desastroso y culpar a la acústica. Un actor puede filmar tres películas malas seguidas y seguir cobrando millones.

El torero no disfruta de semejantes privilegios.

Una mala tarde en Madrid puede costarle la temporada. Una cornada puede costarle la vida. Un toro puede arrancarle la gloria.

Además, hace falta una combinación casi absurda de virtudes: técnica, inteligencia, temple, cabeza fría, personalidad, capacidad para matar bien y, sobre todo, regularidad. Muchísimos toreros han sido capaces de torear una tarde como los ángeles. Muy pocos han conseguido hacerlo durante quince años.

Luego está el pequeño detalle de que el toro jamás leyó el cartel. No sabe quién es figura, quién viene de triunfar en Sevilla. Sale con la consigna de dar cornadas y tratar a todos exactamente igual.

Y por si eso fuera poco, las oportunidades son escasas. Las grandes ferias ofrecen muy pocos sitios, y las figuras ya instaladas tienen la costumbre de no cederlos. Para ocupar uno de esos lugares primero hay que quitárselo a alguien que lleva años demostrando por qué lo merece.

Por eso las figuras se cuentan con los dedos de las manos. No porque falten toreros extraordinarios. Esos siempre los habrá. Lo verdaderamente raro es encontrar a alguien capaz de sostener la excelencia durante tantos años que el público termine utilizando su nombre para bautizar una época.

Paradójicamente, esa escasez explica su prestigio. Si cada temporada aparecieran quince figuras nuevas, ser figura equivaldría a ser influencer.

Afortunadamente para el toreo y desgraciadamente para quienes aspiran a conseguirlo, la categoría sigue siendo una de las más exclusivas del mundo. Porque en esta profesión no basta con triunfar. Hay que convencer al toro, al público, a la historia y todavía sobrevivir para contarlo.

Luciano Sandoval.