Luciano Sandoval reflexiona sobre la urgencia de respaldar las novilladas en México y el compromiso de la afición en plazas como el Nuevo Progreso de Guadalajara. 

Las Novilladas. 

En México existen miles, si no es que millones, de canchas de futbol. Las hay profesionales, llaneras, en unidades deportivas, parques, escuelas y barrios. Incluso donde no existe una cancha formal, bastan dos piedras, un par de mochilas o los suéteres del uniforme para improvisar un par de  porterías y jugar. 
A eso hay que sumarle los patrocinios y la enorme cobertura que recibe este deporte en televisión, radio, prensa y redes sociales. Por eso no resulta extraño que las fuerzas básicas estén siempre llenas de niños y jóvenes que sueñan con convertirse algún día en futbolistas profesionales.
 
Pero cuando hablamos de tauromaquia, el panorama es muy distinto.
En la mayoría de ciudades del psis ni siquiera existe una academia taurina y donde las hay, con frecuencia no cuentan con los recursos suficientes para que los alumnos puedan ponerse delante de una becerra o una vaca.
Quizás por eso las filas novilleriles son hoy mucho más escasas de lo que fueron en otras épocas.
Si además le sumamos las prohibiciones, la reducción de festejos y los ataques constantes que recibe la fiesta brava, el futuro podría parecer desolador.

Sin embargo, todavía hay muchos chavales que sueñan con ser toreros.
Muchachos que buscan una oportunidad donde pueden, que no les importa recorrer kilómetros para enfrentarse a un novillo, que entrenan durante meses esperando una fecha y que, cuando finalmente consiguen vestirse de luces, ponen su vida de por medio.

Como dice el pasodoble Novillero, inmortalizado en la voz de Javier Solís, sus ansias de triunfo los hacen arrimarse, lo mismo en un quite gallardo que en las banderillas.

Pero esos muchachos se enfrentan también a otro grave problema.
La falta de apoyo de la propia afición.
Resulta triste comprobar cómo, en muchas plazas, cuando se anuncia una novillada los tendidos aparecen prácticamente vacíos.
Y todavía resulta más triste y patético, escuchar a algunos disque aficionados justificar su ausencia diciendo que no van porque los novilleros no saben torear, que prefieren esperar a que llegue la temporada grande para ver a las figuras.

Después esos mismos aficionados se preguntan por qué México no tiene nuevos toreros.
Queremos figuras, pero no queremos acompañarlas en el proceso de formación. 

Las novilladas son el semillero natural de la tauromaquia. Son el lugar donde un muchacho aprende a estar delante de un animal, donde comienza a entender los terrenos, las distancias y los tiempos del toro. Pero sobre todo, donde descubre si realmente tiene condiciones para convertirse en matador de toros.

Las novilladas son indispensables para que la fiesta tenga futuro. No hay que olvidar que José Tomás, Morante de la Puebla, Roca Rey y tantas otras figuras fueron alguna vez novilleros.
Todos ellos tuvieron errores, dudas y tardes en las que todavía estaban aprendiendo el oficio.
Ninguna figura nació figura.

También vale la pena evocar que en México hubo épocas en las que las novilladas despertaban verdadero interés. Basta recordar a los llamados tres mosqueteros Jesús Córdoba, Rafael Rodríguez y por supuesto Manuel Capetillo, quienes a finales de la década de los cuarentas, llenaban todos los cosos taurinos del país, o
la expectación que provocaba Valente Arellano y años más recientes, la que provocó El Juli, siendo un niño, cuando comenzaba su carrera en nuestro país.

Por desgracia hoy en día un festejo novilleril puede reunir apenas a poco más mil personas. 
Y pienso que para un joven que sale del patio de cuadrillas cargado de ilusiones debe ser difícil levantar la mirada y encontrarse con una plaza prácticamente vacía.
No porque necesite veinte mil personas para jugarse la vida, pero el público también forma parte de la formación de un torero.
Los chavales tienen que aprender a escuchar una ovación, pero también a sufrir un silencio. Hay que sentir la presión de una plaza, sobreponerse a una protesta y descubrir lo que significa conquistar un tendido.
Eso es algo que no puede aprenderse toreando de salón.

En estos días se ha anunciado un nuevo serial novilleril en la Plaza de Toros Nuevo Progreso de Guadalajara, mi plaza.
Hay combinaciones interesantes y seguramente veremos muchachos todavía verdes, otros con mayor oficio, algunos que pasarán inadvertidos y quizá alguno capaz de hacernos levantarnos del asiento.
De eso se tratan las novilladas, de descubrir, de acompañar.
Más si de algo estoy seguro es de que esos jóvenes saldrán a dejar todo en el ruedo. Lo mínimo que podemos hacer quienes presumimos amar esta fiesta es responder de la misma manera, acudiendo a los tendidos.

Amar la tauromaquia no consiste solamente en comprar un boleto cuando vienen las figuras.
También hay que sentarse en una plaza para ver a un muchacho que todavía no sabe torear del todo, pero que está intentando aprender.
Después nos lamentamos por la falta de toreros.
El problema es que nosotros tampoco estamos ahí cuando ellos se van formando.

Luciano Sandoval