Artículo de opinión de Luciano Sandoval sobre la afición taurina, las reuniones en las cantinas y los retos actuales para llenar las plazas en México.

Las resacas y las buenas intenciones

Por: Luciano Sandoval

Son muchos los litros de alcohol que se han consumido intentando arreglar el mundo del toro. Han corrido entre mesas de cantina, tertulias interminables y reuniones de peñas, donde conforme avanza la botella, las soluciones aparecen con una facilidad verdaderamente milagrosa. La desgracia comienza al día siguiente. Porque aquellas revoluciones etílicas suelen terminar exactamente donde empezaron, sobre una mesa pegajosa, ceniceros llenos y vasos vacíos. Pues la inmensa mayoría de los conspiradores somos simples aficionados, con poca o ninguna injerencia para mover una sola pieza del tablero de la fiesta que tanto amamos.

Diagnosticamos todos los males con la precisión quirúrgica, pero nuestras conclusiones rara vez llegan a los oídos de quienes realmente toman las decisiones, y si llegan tampoco pasa nada.

Desde que empecé a ir a los toros escucho la misma sentencia. Que la fiesta está agonizando, que ahora sí se acaba, que ya no le queda mucho tiempo. Lo curioso es que llevo oyendo el mismo discurso desde hace décadas y la paciente, aunque maltrecha, sigue respirando. Aquí seguimos los aferrados de siempre, ocupando los mismos tendidos y discutiendo exactamente los mismos problemas.

Desgraciadamente he visto a muchos aficionados alejarse de las plazas, no por convertirse al animalismo, sino porque dejaron de sentirse respetados como espectadores. Mientras el precio del boleto engorda, al toro parece que le tuvieran a dieta. Sumado que acudir a una corrida comienza a parecerse mas a reservar una mesa en un restaurante del jet set, la cartera duele más que una cornada. Y si uno se atreve a comprar una cerveza y un par de cacahuates, termina preguntándose si no habría sido más barato irse de viaje a Europa. Luego nos sorprende ver los tendidos vacíos, como si el concreto hubiera decidido reproducirse por generación espontánea.

Lo curioso es que ejemplos de cómo hacer bien las cosas, sí existen. En Guadalajara, hace no tantos años, el béisbol era un deporte que despertaba bostezos más que pasiones. Ni siquiera había un equipo estable en la ciudad. Llegaron los Charros de Jalisco y tras hacer su trabajo, convirtieron al béisbol en un espectáculo familiar, atractivo, exitoso y sobretodo de moda. Con la lucha libre ocurrió algo parecido. Hubo una época en que reconocer que uno iba a la arena equivalía a aceptar cierto mal gusto. Hoy conseguir boletos para algunas funciones resulta muy complicado, Y si cruzamos el Atlántico, basta mirar plazas como Madrid, Sevilla o varias plazas francesas para comprobar que la tauromaquia no es un producto condenado al fracaso. Cuando hay seriedad, emoción, toros íntegros, figuras y promoción inteligente, aparecen esos letreros tan hermosos que dicen “No hay billetes”.

Así que el problema no parece ser el toro. Tampoco el público.

Tal vez el problema consista en esa mala costumbre de creer que el aficionado asistirá pase lo que pase, y ese pude ser el problema pensar que el público ya está cautivo y regresará por pura lealtad, como ese cliente al que durante años le sirven mal la comida y después se indignan porque decide cambiar de restaurante.

Otro gran problema es que en México no tenemos una figura que llene las plazas y con la plaza México cerrada difícilmente emergerá ese mesías que estamos esperando.

Y, sin embargo, tampoco conviene caer en el derrotismo. En México todavía hay plazas que responden cuando se anuncian carteles rematados con inteligencia, un encierro digno y una promoción decente. La gente sigue acudiendo cuando siente que la respetan. El hilo negro hace mucho que fue descubierto. Lo verdaderamente complicado parece ser encontrar a alguien dispuesto a usarlo.

Mientras tanto, seguiremos haciendo lo que mejor sabemos hacer, reunirnos en una cantina para salvar la tauromaquia entre copa y copa. Y hay que reconocer que, para eso, sí somos figuras. Lástima que las resacas, igual que las buenas intenciones, nunca hayan llenado una plaza.